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La Educación Superior en todo el mundo registra una
estructura cambiante debido a su propia dinámica frente a la presión que
registra, por un lado una mayor y creciente demanda por estudios de
postbachillerato y por otra una mayor oferta de programas e
instituciones que “compiten” por captar alumnos.
Los requerimientos y exigencias de la comunidad
respecto a la calidad y pertinencia del servicio, la “explosión” de la
información académica y del conocimiento avanzado impactan sobre el
financiamiento de la educación superior e incluso de su cultura
organizacional.
Estas situaciones generan problemas o “desafíos” que
deben enfrentarse y pone a prueba todo el andamiaje institucional,
generando una cadena de cambios y transformaciones que procura adaptar
la entidad a las nuevas condiciones que trae consigo la globalización.
Así entonces la educación
superior es vista como pilar de la competitividad no solo de los
profesionales, sino de la propia institución, de la región e incluso del
país puesto que debe apoyar su inserción en un sistema económico global
y para ello debe aumentar las oportunidades de formación a favor de los
estudiantes, diversificando la oferta de carreras acorde con las
dinámicas de expansión, diferenciación y especialización del
conocimiento avanzado que, una vez graduados, irán a incorporarse en las
redes de la producción, la tecnología, el comercio y la sociedad civil.
De su lado la demanda de estudios por parte de
los estudiantes se dirige hacia las carreras que, según la percepción
del estudiante, tienen mayor y mejor proyección en el mercado de
trabajo. Las Universidades no pueden mirar hacia otro lado, pensando que
la sociedad se equivoca y seguir amparándose en una libertad académica y
en una autonomía mal entendidas
Las Universidades se convierten así en espacios de
producción, transmisión y transferencia del conocimiento. Aumenta la
complejidad de su misión cuando empieza a ser evaluada externamente para
asegurar la calidad de los procesos y los productos, la efectividad de
sus resultados y la eficiencia de su operación, elevando los
niveles de transparencia y responsabilidad frente a diversos actores
interesados.
Estos “desafíos” han dado lugar a una masificación
del sistema, cada vez aumenta la matrícula, es decir cada vez ingresan
más jóvenes a la Universidad por la oferta cada vez mayor de
oportunidades (presencial, semipresencial, a distancia), lo que obliga a
ampliar y diversificar sus fuentes de financiamiento y así poder hacer
frente a la espiral de costos desencadenada por la masificación de la
matrícula, las exigencias de calidad y pertinencia, la producción del
conocimiento avanzado, la complejidad de las funciones de gestión, la
incorporación de las tecnologías de información y, en general, la
carrera competitiva por reputaciones y prestigio académico en el mundo
global.
Sin embargo, otros tipos de
demandas están creciendo. La más importante es la denominada formación
continua, formación posgraduada o formación durante toda la vida. Se
acabó ya hace años el concepto de que una vez obtenida la graduación en
una Universidad solo había que dejar correr a la experiencia en el
puesto de trabajo. Aprender con la experiencia sigue siendo obvio pero,
además, en todas las profesiones basadas en el conocimiento la necesidad
de la actualización es imperiosa. Hay un gran mercado de la formación
continua en el que participan muchas empresas de sectores no educativos
o empresas educativas surgidas de empresas industriales o comerciales
que realizan su actividad y su negocio en este gran mercado.
Las
Universidades también han entrado en este mercado, en parte para obtener
recursos
financieros
adicionales, pero la mayor parte del mercado no está en las
Universidades. La investigación y el desarrollo no son exclusivas de las
Universidades. Tampoco lo es, ni debe serlo, la formación continua y
ésta tiene una demanda creciente en la que las Universidades tienen que
competir con otras instituciones muchas veces más adaptadas a procesos
competitivos, con formas de organización adecuadas al tipo de demanda y
con estructuras más ágiles y flexibles que las que poseen las
Universidades que no acaban de integrar de forma eficaz este tipo de
formación dentro de sus estructuras organizativas tradicionales sin
establecer por ello nuevas estructuras.
Otro
tipo de demanda, que puede ofertarse en el futuro próximo sobre todo si
se hace una oferta atractiva, es la derivada del aumento de la población
de jubilados que buscan una oferta de tipo cultural para llenar tiempo
de ocio, satisfacer anhelos no satisfechos en su edad joven u otras
causas. Evidentemente, los métodos y los contenidos de los estudios no
pueden ser los mismos que los empleados para los bachilleres.
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